sexta-feira, 26 de março de 2010

Por uma trégua para o bem do futebol

Maradona não visitava La Bombonera desde seu desentendimento com Riquelme. Ontem, no “Superclásico”, na vitória do Boca por 2 x 0 sobre o River Plate, Dieguito voltou ao seu palco e viu um Román bárbaro. Não teve jeito. Teve que ouvir os pedidos da torcida pela volta de Riquelme à seleção e admitir para a imprensa que o meia do Boca Juniors fez a diferença na partida.

Abaixo, segue uma crônica do jornalista Adrian Piedrabuena, sempre com um texto excelente, na qual pede uma trégua entre os dois ídolos pelo bem maior da seleção argentina e do futebol. Mesmo com Messi jogando o fino, Riquelme não poderia ficar de fora da seleção. Faço das palavras de Piedrabuena as deste blogueiro.

“Para Riquelme, la Selección”

La Bombonera, el Templo de Román, le pidió a Diego que lo lleve al Mundial. El 10 de Boca jugó bárbaro y Maradona lo aplaudió. ¿La reconciliación es posible?

Adrian Piedrabuena

Dan ganas de parar todo, poner una mesa y dos sillas en el medio de la cancha y que de una buena vez le pongan un punto final a un enfrentamiento inútil, que nos perjudica a todos. Si se acepta la expresión, dan ganas de pedirles que se dejen de hinchar las pelotas, que el Mundial está acá nomás, que la Selección siempre debe quedar por encima de todo, que sólo hace falta una tregua de un mes y medio, que no hay que olvidar pero que tampoco hay que dejarse vencer por el rencor, que es una locura que el técnico se pierda la posibilidad de contar con un jugador tan valioso en un plantel de 23, que es una picardía que el jugador deje pasar la histórica chance de ser dirigido por el mejor de la historia en una Copa del Mundo.

Algunos hinchas de Boca se permiten algo impensado para ellos, se dejan atrapar por la piel de gallina. Y a los neutrales, ya sin culpa, les pasa lo mismo. El grito/reclamo/declaracióndeprincipios popular conmueve, emociona, moviliza. El mensaje nace en las plateas y se desparrama por toda la Bombonera, como una verdadera ola de pasión. En el pasto, con la número 10 y las palmas abiertas en agradecimiento está él. Y en el palco, después de mucho tiempo, oyendo al pueblo, está él, con la eterna número 10. El es Riquelme. El es Maradona. Están ahí, en el Templo de Román, como lo bautizó el mismísimo Diego metido apretadamente dentro de una camiseta de Boca, con el número y el nombre de Riquelme, en aquella inolvidable despedida. El fútbol, Boca en este caso, los vuelve a unir al menos por un rato. Los dos le quieren ganar a River. Uno hace maravillas en botines, controlándolo todo, enseñándoles el camino a sus compañeros, bajando deliciosamente una pelota con la zurda y, en el aire, tocándola con la derecha en lo que debió ser un gol mágico. El otro, deja por poco más de 80 minutos el buzo de entrenador de la Selección, y vuelve a ser tan hincha de Boca como él. Román abre los brazos y muestra todos sus dientes felices en el festejo de los goles.

Diego se da vuelta, se deja tragar por el palco, aprieta los puños y grita hacia adentro. Por primera vez en mucho tiempo, patean para el mismo lado. "Para Riquelme, la Selección", ruge el estadio. "Hay que alentar a Maradó", devuelve La 12, con una llamativa incondicionalidad. Diego aplaude, por momentos se tienta y hasta da saltitos cuando la orden es despegarse del piso para no ser una Gallina. Grita, vuelve a aplaudir a Román y hasta le pide a Baldassi una amarilla para Almeyda cuando lo baja a pura impotencia. Y, como si lo estuviera dirigiendo, le hace senãs de que encare por la izquierda, donde Ferrari nunca hace pie.

Dan ganas de pedirles un gesto patriótico (futbolero), un pacto. No importa quién llame primero, no importa si uno renunció una, dos o mil veces, y tampoco que el otro lo haya borrado. Y no importa que varios seleccionados prefieran tenerlo lejos del vestuario al 10 de Boca. El ejemplo más claro de convivencia por conveniencia la dieron y la siguen dando el propio Riquelme y el seguro mundialista Palermo. Ya nada importa más que lo que vaya a pasar desde el 11 de junio en Sudáfrica. Están a tiempo. Y si no nace de ellos, tienen que empezar a jugar los integrantes del famoso entorno. Alguna vez, por su bien, deben abandonar el sidieguismo y el siromanismo.

Vamos, muchachos, déjense de joder...

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